Cartel

Notas de Cine Musical

Productora/Distribuidora:
Metro-Goldwyn-Mayer

Estreno: 01-09-1955

Duración: 102 min.

Subgénero: Narración musical

Tramo: C


Notas de Cine Musical


It's Always Fair Weather


(Siempre hace buen tiempo)



Gene Kelly y Stanley Donen habían codirigido dos obras maestras del cine musical, On the Town (1949) y Singin’ in the Rain (1952). Tras aquellos éxitos, sus carreras se habían distanciado. Mientras que Donen había logrado triunfar en solitario dirigiendo Royal Wedding (1951), Give a Girl a Break (1953) y, sobre todo, la taquillera Seven Brides for Seven Brothers (1954); Kelly se había estrellado con el proyecto de Brigadoon (Minnelli, 1954) y la MGM seguía posponiendo el estreno de su fiasco Invitation to the Dance (1956). Aunque su relación se había enfriado, cuando Betty Comden y Adolph Green propusieron a Kelly realizar una secuela de On the Town, este convenció a Donen y el equipo se reunió de nuevo para dirigir It's Always Fair Weather: sería la última vez y supondría el fin de su amistad. La complicidad del pasado había desaparecido. Si a este fallido recuentro de amigos se le suma el ambiente crispado en los grandes estudios por la nueva regulación de la salas de cine y las continuadas batallas perdidas contra la invasiva televisión, casi se puede aventar el resultado de este rodaje: una obra cínica sobre las ilusiones de los soldados cuando regresaban a casa tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, mordaz sobre la televisión, amarga sobre la amistad.

Durante el periodo bélico, cuando las películas tenían como objetivo único ensalzar la patria y subir la moral de los soldados, siempre que se trataba sobre la separación de una pareja motivada porque el hombre era reclutado para ir al frente se respetaba de modo implícito la premisa de que él regresaría a casa y ella lo estaría esperando. Cuando en 1955 se revisita aquella época, la premisa sólo se cumple a medias. Sí, él ha regresado a la patria, pero sólo le espera una carta de su novia diciéndole que se ha casado con otro. Llegado a este punto, si estuviéramos en una película musical tradicional aparecería una nueva chica, acaso una dulce y vieja amiga que siempre lo había amado en secreto, con la que recomenzar; pero en It's Always Fair Weather lo único que le espera es una dulce, desesperada y ruidosa borrachera del personaje de Gene Kelly con sus dos camaradas del ejército, Dan Dailey y Michael Kidd, situación que da pie al número más recordado de la película, The Binge, no tanto por la innovación en la danza como por el novedoso planteamiento visual, con una magnífica fotografía de Robert J. Bronner, y una coreografía de Kelly y Donen perfectamente ajustada para aprovechar hasta la última esquina del CinemaScope y que incorpora elementos comunes de la calle: las tapas de los cubos de basura.

https://www.youtube.com/watch?v=w3vaQFnFsPc

A pesar de magníficos números, como The Binge, y de darse la circunstancia de que, tanto el guion como las letras de las canciones son de los mismos autores, Comden y Green, lo que propicia la integridad de las canciones con la trama, la película falla porque prácticamente todos los números interrumpen la obra y lastran el ritmo. Una de las causas de la interrupción –que, a la vez y paradójicamente, hace de la película una obra más moderna– es que la música ya no responde al criterio de la tonada, a la melodía propia de las canciones, sino que son composiciones orquestadas, muy flexibles para adaptarse y sostener letras que se han vuelto muy narrativas y rompen la ficción y el ritmo de la película y la continuidad de los diálogos.

Quizá sirva de ilustración el siguiente gran número, Baby, You Knock Me Out, con un planteamiento muy adelantado a su tiempo, que sirve además para lucimiento de Cyd Charisse.

https://www.youtube.com/watch?v=a6UpJGZPUIs

La trama continúa desarrollando el frustrante reencuentro de los otrora camaradas y amigos eternos, que ahora no se soportan. Y, lo que es peor aún, el agrio reencuentro de cada uno de ellos con el que fue antes de la guerra, comprobando que sus sueños han quedado reducidos a renuncias y mediocridad. Para desarrollar esta situación, el número Once Upon a Time explora la tecnología de la pantalla partida –entonces seguramente muy sugestiva, hoy día tal efecto se pierde y resulta rudimentaria, pero interesante como muestra de lo atento que siempre estaba el cine musical a los avances técnicos y formales de la cinematografía–, ofreciendo en cada parte las reflexiones de cada uno de los tres amigos mientras ejecutan un sencillo y efectivo baile sincronizado.

https://www.youtube.com/watch?v=Ar4vP4rmXJU

El desfile de amarguras y reproches se concreta en una nueva borrachera, esta vez protagonizada por un deprimido Dailey que ve cómo su eterna ilusión de dedicarse al arte y vivir en París ha quedado convertida en un trabajo de dibujante publicitario para un fabricante de escobas y en un continuo cruce de reproches con su pareja.

El único número ajeno a la cruda trama propuesta por Comden & Green es I Like Myself, un número en solitario de Kelly bailado sobre patines que responde al concepto más puro del musical clásico. Un buen número, pero que no encaja con el tono del resto y más parece haber sido concebido una década antes y haber salido de pronto de un cajón.

https://www.youtube.com/watch?v=KgAmXb5UZlY

Para la parodia de la televisión, Dolores Gray realiza una logradísima interpretación en sus tres números: Music Is Better Than Words, Klenzrite y, sobre todo, en el precioso Thanks A Lot, But No, Thanks, de enorme fuerza visual y escénica.

https://www.youtube.com/watch?v=g7k38rIGjxI

Vista en su conjunto, la película es un gran musical que renueva y responde a las reglas más hondas del género –tributo a sus héroes clásicos (los zapatos de Fred Astaire); ataque directo a quien lo cuestiona (ayer la música clásica, hoy la televisión); reflejos de las vicisitudes de los protagonistas, diálogo con la actualidad, disolución de diálogo en canto y de gesto en danza…–, pero que falla en su ritmo interno y global.

Algunos números, como Love is Nothing But a Racket, realmente sin alma, aunque interesante por la fuerza del baile de Charisse, serían descartados del metraje final.

https://www.youtube.com/watch?v=nQth-6dKzpI

La película finaliza con un reencuentro de los tres protagonistas. Se reconocen por fin en los que fueron y se reconcilian durante unos instantes en los que son, pero sin llegar a ser un clásico happy end: el reencuentro dura sólo el tiempo necesario para poder decirse adiós sin rencores y, también, sin falsas intenciones de volverse a ver en el futuro pues –al igual que Gene Kelly y Stanley Donen–saben que no volverán a reunirse jamás.